Crecí en España rodeada de luz mediterránea, telas de mercado y una madre que nunca tiraba un vestido si aún tenía vida por delante. Desde pequeña supe que la ropa no era solo ropa: era una forma de decir quién eres sin abrir la boca.
Pero había algo en la moda mexicana que no encontraba en ningún otro lugar. No era solo el corte, ni la tela, ni el nombre en la etiqueta. Era el respeto por el proceso, la convicción de que hacer bien las cosas lleva su tiempo y que ese tiempo siempre se nota en el resultado. Con esa convicción me fui a México.
Llegué joven y con pocas certezas, pero con mucha determinación. Me formé junto a maestros del oficio que me enseñaron que la calidad no se improvisa: se aprende, se practica y se cuida con paciencia.